atrapados en un auto

Estaba oscuro. La soledad de la oficina se hizo inmensa por un instánte: aquél en el que Violeta eligió despegar los ojos del monitor. Su dedo índice ayudó a las gafas a no caerse del miedo. Estaba cansada. Quedaba una hora y tanto para cambiar de día y ella pasaba revista por tercera vez al mismo informe. Resolvió salir. Luego de tres infernales minutos en el ridículo ascensor del lujoso edificio donde empeñaba su vida, Violeta se avalanchó contra las puertas giratorias.
Sostuvo, a penas, una fugaz mirada con el vigilante de turno; sujeto que no conocía de nombre pero sí de vicios: sabía a la perfección que dormía como a esa hora y que se tomaba veinte descansos para tomarse un café (desde su primer día en el trabajo). Lo hallaba repugnante. Eso era normal en Violeta. Repudia a la gente que es incapaz de ser eficiente en sus labores. Ya en la salida, ella vislumbró a su compinché. Un hombre en su plenitud adulta: atractivo, de buen porte, cierto garbo y excelente actitud. Violeta había tenido numerosos encuentros con él. Estaban marcados por magia.
Aquella noche, en secreto, agradeció verlo. Se acercó a punto de saltarle encima y luego sonrío a sus espaldas; detenida. Él sentenció: "sé quien eres. Te he traído un café" y luego con una sonrisa juvenil giró hacia su cuerpo. Ambos enmudecieron por segundos infinitos. Subieron a su auto y encendieron la radio. Conversaron. Esta vez por horas. Amaneció en ese mundo de fierros torcidos mucho antes del amanecer real.
No supe de qué hablaron ni porqué no salieron del auto. Tampoco entiendo porqué ella descendió y volvió sus pasos hacia su apartamento. No sé porqué él no la llevó, porqué no terminaron lo que sea que se haya iniciado con el café. No sé si él piensa dejar a su paciente esposa y sus almuerzos de domingo con sus hijos. No sé si Violeta considera cambiar su rutina solitaria por un mundo caluroso en los brazos de Claudio. Tal vez ella desea que él la devore, desde adentro. Quizá, ya lo hizo. Lo único que sé es que Violeta no fuma cuando está con él y que se la ve sonreir cada vez que le llega una taza de café.

Pablo Maresca de viaje


Pablo asciende al micro, rígido y con cierta dificultad. Se nota que no siente entusiasmo por el viaje, pero al menos estuvo, pura casualidad, en el momento preciso durante la tarde, cuando se produjo el llamado de Córdoba: “Don Maresca, lamento comunicarle que tuvimos que trasladar a su tío al hospital, ya que el cuadro se agravó”.

Se acomoda en el asiento. Mira a su alrededor, siente la calidez del ambiente y en su rostro de golpe aparece una mueca grotesca. No va a cambiarle la vida, pero de todos modos ruega (al mismo tiempo desvía la mirada) que el gordo que acaba de subir no sea su compañero de asiento. Mejor relajarse; no siempre se dispone de tanto como seis horas para uno mismo.

El gordo todavía no encontró su asiento. No conoce los números este tipo o mira hacia afuera para despedirse de alguien. Qué macana esta complicación de salud del tío. Si sale de ésta, Pablo y su mujer van a tener que cambiar su rutina. Trasladarlo. Quién sabe. El gordo ahora tiene compañía. Claro. Por eso parecía a la deriva. La estaba esperando. Qué lastima no haber traído la notebook; podría adelantar algo del proyecto en el que está trabajando.

Que mujer extraña la que está con el gordo. La mirada y la expresión son de alguien muy triste. O agotado. Que apaguen pronto la luz, así Pablo intenta dormir; el día siguiente seguro va a ser extenuante.

El gordo y la mujer están en el asiento posterior. Pablo no quiere, pero escucha que el gordo está hablando: “gracias Violeta por aceptar mi invitación”. Ella responde de inmediato: “no creas que vine por vos, Claudio, sólo quise escapar de tanta cobardía acumulada”.

La desolación

De repente, como si hubiese sido la primera vez que tenía problemas en su vida, sintió que el mundo se le venía abajo. Tuvo la sensación de no poder sostenerse ella y menos, de poder sostener a quienes más quiere, a quienes la quieren a ella. Las personas de verdad. No las de mentira…
Lucía tiene apenas veinticinco años, pero sabe que la vida es una gran paleta de colores. Que todo lo que empieza, ya sean las cosas buenas o las malas, también terminan.
Pero ese jueves, llegó a su casa y se encontró con varios problemas: vidrios rotos, muebles tirados en el piso, las […] .. Sintió que era el comienzo del fín.
Desesperada, gritó el nombre de su madre pero no tuvo respuesta. Recordó que ese día, Susana su mamá, tenía desde temprano muchas actividades fuera de su casa, por lo cual sintió un gran alivio al darse cuenta de que no había presenciado el momento en que se produjo tal caos en su casa. Y respiró, se relajó.
Recorrió la casa, entró a cada uno de los cuartos, hasta la buhardilla donde nadie entraba hacía ya mucho tiempo pero no encontró nada. Solo cosas rotas, como una imagen muy triste de algo que hasta ayer, había sido su hogar, su nido, su lugar donde la madre la abrazaba, la cuidaba, la protegía y hoy solo era un espacio lleno de escombros. Recordó guerras, atentados, y comenzó a llorar.
Lucía es una chica fuerte, con una energía arrolladora y buen ánimo.
Esa tarde, por su cabeza pasaron imágenes feas, tristes y desoladoras. Se sintió sola y se recostó en el piso frío de la cocina. Recordó el piso, sus colores, su temperatura siempre fría y las largas siestas que disfrutaba sobre dos sillas cuando llegaba del colegio cansada mientras su mamá cocinaba la cena. Con tal de sentirla cerca, de sentir sus movimientos, los ruidos de los utensillos de cocina, la voz de su madre decir parte de alguna receta, como quien recita parte de un poema. Así, Lucía se quedaba dormida entre los olores de la cocina, acurrucada en las sillas.
Con esos recuerdos, logró tomar fuerzas y se levantó en busca de alguna respuesta, de alguna solución. Salió a la calle. Esa calle tranquila, donde pasan pocos autos y no más de dos líneas de colectivos. Esa calle en aquel barrio, donde todos se conocen, donde todos se saludan aunque no se quieran. Donde las familias viven desde hace años en las mismas casas y los autos son los mismos que varios años atrás. Pero no vio nada raro. Sonia, su vecina de enfrente, arreglaba su jardín como era su costumbre y solo levantó la vista para saludarla. No reconoció ningún signo de que hubiera pasado algo raro.
Se sintió mareada, confundida. Sintió miedo. Miedo de quedar sola, de perder a su familia, su gente: lo que más quiere. Era pánico. Ya no era miedo. No logró calmarse y comenzó a imaginar cosas horribles: muertes, desesperación… Se encontró envuelta en un miedo sofocante que la hizo comenzar a temblar. Tembló y sintió su cuerpo parte de un terremoto. Tembló y creyó caerse de a pedazos al piso. Pensó que todo aquello podía ser producto de su imaginación por la falta de sueño que tenía acumulada. Lucía llevaba dos noches sin dormir, presa de pesadillas. Comenzó a transpirar. Era una transpiración fría, húmeda. Como pudo, entró a su casa. Se tambaleó, pisó sin fuerzas. Sintió su cuerpo flojo. Comenzó a subir la escalera que llega al hall del segundo piso. Se agarró de la baranda, de las paredes. Se chocó con puertas que conocía perfectamente, con algunos de los muebles que no habían sido tirados al piso, ni rotos. Llena de miedo, temblor, transpiración, entró al baño. Le costó llegar. Abrió cada puerta del placard, cada caja que vio, tiró toallas al piso, revolvió cajones, hasta que por fin, encontró el frasco de tranquilizantes que su madre guardaba siempre en el botiquín. Lo abrió y con desesperación, se metió cinco pastillas en la boca. Tomó un vaso de agua. Se arrastró a su habitación y como pudo, se recostó en su cama para intentar tranquilizarse y esperar la llegada de su mamá.
Cinco pastillas, cinco de la tarde, cinco minutos antes de que llegue la madre. Quizá, un poco tarde…

El retoño de Violeta

Aún sigue sentada en el borde de la cama, como negándose a despertar de la pesadilla que no puede evadir. Sus ojos deambulan por los trozos esparcidos en el piso y los rincones del cuarto.Yacen a su alcance ( como una moraleja que sólo ella puede explicarse) los vestigios de discordia y sobre todo el límite infranqueable; el golpe final.

No sabe quién, pero alguien recorre la casa. Tampoco le importa. Ahora no acierta a pensar en posibles riesgos. Violeta se detiene abstraída en las huellas del tiempo que delatan sus manos: huellas en la piel que entablan un diálogo frontal, resaltan como nervaduras de ira y odio; ella sabe que es la muestra de que jugueteó y se regocijó con los sentimientos más oscuros sin descanso. No es el retrato hecho añicos, ni los arrebatos de soberbia, también vibran algunos despojos de ironías que ya no hallarán ningún foco. Como un antes y un después a toda una vida encubierta en la rudeza y la crueldad que, inconcebible, se le hizo carne, cáscara, escamas, armadura y coraza en sus constantes batallas inútiles.

Se incorpora despojándose de todos los arrebatos, mientras descubre con suavidad el pesado cortinado del cuarto. No puede con tanta luz y restriega sus ojos doloridos de llanto. El paradigma derrotado ya no se sostiene; excedió el límite. Y el artífice de ese pasado obstinado y absurdo(cómo no aceptarlo) fue ella misma. Quién sabe que juego extraordinario le reserva el tiempo; qué barco sin rumbo la orientará hacia alguna orilla.Mientras, en ese trayecto, Violeta intentará perdonarse y avivar lo que queda, lo que aún guarda, de su difusa y tenue llama interior. No siente ahora ninguna propuesta, pero sabe que la senda es otra: comenzar a comulgar para siempre con unos pocos afectos auténticos, los que fueron presa y corral de sus reiterados encantamientos nefastos. Y lento, de a poco, quizás necesite volcar en esa página en blanco, algún dulce sueño postergado.

Match-Point

Odio. Ella lo dijo con claridad, quizá con un poco de miedo. Una burda repetición que se me ha clavado en las sienes. Porqué ha tenido que usar esa expresión: odio... te odio. Al fin y al cabo compartimos sangre. Eso debería ser suficiente para erradicar el vocablo en nuestra interacción. Su excusa: no la acompañé a misa con un tal... Jorge, Juan, Pedro (¿?). En fin, un hombre entregado a esas virtudes. ¡Ñoñerías de medio siglo! Debería agradecerme por ser honesta y congruente. ¡Por todos los demonios, soy una adulta! Qué le hace pensar que tengo que darle explicaciones sobre mis actos. Si me visto de jeans, cuando todos visten de saco; si me corto el cabello como hombre cuando están de moda las trenzas; si me siento a leer en lugar de salir a combatir la paz mundial. ¡Hábrase visto semejante ironía! Acaso le digo algo sobre esa bata repulsiva; o sobre su insólita vida amorosa, carente de toda sorpresa; o sobre su tendencia desbordada a correr. A esa mujer nunca la he visto caminar. Pareciera que está en continua competencai con el tiempo. Pobre, no le va a ganar.

Al menos ambas sabemos compartir un buen tabaco. Ella tiene la pose de filme antiguo. Sentada o de pie, le sale mejor de pie, con los brazos extrañamente entrelazados y el codo sobre el abdomen. El look misterioso. Se echa a perder cuando viene a contarme sobre el mate del domingo con Javier... Jorge... Juan o quién sé yo. Ella es la mayor. Ella es la de las expectativas. No lo ha visto aún, pero ella presionó para que hallará mi vocación. A diferencia de lo que cree mi vida no sólo se compone de hombres, café y cigarrillos. También está el vino, la soledad, la lectura. Soy indómita; carcelera; soñadora. ¡Y qué!

Lucía

Cómo negar que Lucía Varni, con sus bienvividos veinticinco años, es la persona con más actitud sobre la faz de la tierra. Durante el día, trabaja en alguno de sus proyectos extravagantes, y por las noches, su debilidad es salir y divertirse hasta perder la cordura. Cerca de ella uno puede sentirse embriagado de esa sensación de que todo es posible, hace brotar una alegría especial que extermina los monstruos, porque todo es ahora, ya, en el presente; porque ella, no duda.
Despierta a su amiga Candela a las 6 de la mañana con un llamado telefónico. Le dice que la necesita, que tiene algo para ella, que está en la puerta, y que se apure. Sorprendida y emocionada por recibir a la amiga más incondicional que jamás haya tenido, Cande se pregunta qué hace Lucía en Buenos Aires, si anteayer (luego de sus aventuras por España) estaba en Londres. Sin ningún pudor llama a esas horas, y con ese tono de voz grave inconfundible que despabila bien, la invita a saltar de la cama para ver qué se trae.

Como buena hija, hermana y novia de ingenieros de todos los rubros, Lucía, además de tener amplios conocimientos de electrónica, mecánica e informática, es poseedora de una compulsiva habilidad para inventar negocios: Bellos y simpáticos emprendimientos de los cuales muchos quieren ser partícipes; ya que además de su talento creativo, ha tenido la victoria en cada uno de ellos. Sus ocurrencias se fundan, en observaciones técnicas y asociaciones libres, pero que a la vez, están siempre enmarcadas en una teoría con sólidos fundamentos. Y si hay algo realmente llamativo, es que la distancia que existe entre su ocurrencia y la concreción, es la misma, que la de rascarse la nariz cuando pica. Es por eso, que tiene una infinidad de amigos repartidos por el mundo y la mayoría de ellos, cree deberle favores.

Cande sale a la puerta y la ve: No se sabe de dónde sacó un Chevy azul, pero ella está adentro esperando, rubia del sol de las playas de Ibiza, con esos anteojos tipo militares, su brazo musculoso asomado por la ventanilla del auto y fumando un cigarrillo mientras canta un tema de Queen. Ve a Cande y toca bocina con la misma euforia que tiene un chico en un parque de diversiones. La parte trasera del auto esta repleta de equipos para filmar una película y según ella, había todo un gentío esperándola en otra parte para realizar la producción. Hace un año que Cande no la ve, y sin decir nada, la rubia aparece así, diciendo que contrató a todos sus amigos para divertirse haciéndole de extras y ganar unos "euros". Con esa actitud, nunca nadie dijo que no. Hoy estarán todos juntos de nuevo, faltarán con justa razón a los quehaceres cotidianos, unidos por una amistad única, que golpea repentinamente la puerta.

Jesús en la comisaría

Jesús llevaba dos horas en la comisaría, de pie, y al oficial aún se le enredaban los dedos con las teclas de esa computadora que parecía salida de un museo. Ya lo habían revisado varias veces. Lo habían hecho explicar hasta el cansancio lo que estaba haciendo en plena Avenida Santa Fe, descalzo y con un vestido negro, diciendo tonterías. También se habían reído de él todo el tiempo, mientras lo llamaban “Bruce Lee”. Pero Jesús lo aguantaba todo, con la frialdad que les imaginaba a los guerreros Ishin Shishi cuando se enfrentaban a la policía creada por el Shogun. “Shinsengumi” les escupió; el nombre que les habían dado a aquellos hombres sanguinarios. Lo dijo convencido, como si estuviera en Kyoto, en 1855 y fuera de verdad un patriota de la restauración Meiji.
Los oficiales volvieron a estallar en carcajadas. Todos menos uno, que no dejaba de mirarlo con fijeza. De hecho, no había sonreído ni una sola vez.. Opinaba que no existían los tontos. Al menos no entre los tipos de dos metros de alto, y dos de ancho, vestidos como un samurai de película clase B. Levantó la espada de madera que habían dejado sobre el escritorio y entonces sí sus labios se curvaron en una sonrisa viscosa. El chico había dejado de jugar al insensible y su rostro había empezado a mostrar, por primera vez, signos de preocupación. Cuando le dijo que el artefacto era lo suficientemente peligroso para considerarse un arma, y que tendrían que confiscarlo, esa preocupación se convirtió en alarma.
De esa forma le sacaron a Jesús las primeras palabras coherentes. Les dijo su nombre verdadero. Les confesó que daba clases de iaido, y que el bokken era su herramienta de trabajo. Agregó, con vehemencia, que no era peligrosa, pero no convenció a nadie. Sólo levantó la voz cuando intentó hacerles ver que el hakama negro que llevaba sobre el kimono del mismo color, era parte del uniforme de entrenamiento. Una especie de pantalón, les insistió, no un maldito vestido. Sólo cuando terminó de hablar se dio cuenta de que había alguien de pie detrás de él.
La chica era joven, y muy bonita. Lo miraba con una expresión confiada y asustada al mismo tiempo, y parecía incapaz de sacarle los ojos de encima. Sin saber por qué, como si aquella mirada azul fuera suficiente para transportarlo a un lugar lejos de toda aquella sordidez, se encontró sonriéndole.
La chica le devolvió la sonrisa. Se acomodó los anteojos de sol sobre la frente, despejando el rostro de varias hebras de pelo rubio y empezó a hablar. Hablaba con un tono grave y monótono, sin detenerse, casi sin respirar. Como si fuera lo único que supiera hacer, como si no fuera a detenerse nunca. Acompañaba su interminable monólogo (en el que se agolpaban las explicaciones de por qué había golpeando a ese hombre en la manifestación de caceroleros, las leyes de España y los derechos humanos), con amplios ademanes de sus brazos musculosos. Sus manos rozaron en más de una ocasión a Jesús, que continuaba mirándola, azorado. Ni siquiera le molestó cuando la chica (que dijo llamarse Lucía Barnie o algo así) comenzó a hablar casi para él, arrojándole el humo de un detestable cigarrillo mentolado a la cara.
Y finalmente había sido ella la que había logrado el milagro, estaba seguro. Aunque no sabía si la causa había sido su palabrería apasionada, su belleza, o su simpatía.. Pero ambos caminaban ahora bajo un sol que les parecía más brillante luego del encierro en esa oficina tan sucia y gris. Lucía seguía hablando, y Jesús miraba absorto los reflejos entre cobrizos y dorados que el sol arrancaba de su melena. Se detuvo y ella lo miró, sonriéndole otra vez. La sorpresa ante la pregunta de Jesús hizo vacilar su sonrisa, pero lo pensó un minuto (durante el cual se hizo un extraño silencio) y después le dijo, muy segura, que sí. De verdad le encantaría probarse un kimono.


Texto de Fernanda R.

Dos hermanas, una historia...

“La odio”, dijo el viernes Leticia mientras agarraba de su cartera un pañuelo para limpiarse la sesión fuerte. Varios años de terapia no le alcanzaron ese viernes a Leticia, para entender que Violeta habla casi sin pensar, rozando la ironía, pero que no es contra ella. Violeta es una mujer temperamental, siempre ocupada con su trabajo y no es de las personas que le dedican mucha atención a los problemas o necesidades del otro. Ni a los de su propia hermana. De hecho, escuchar sobre la vida de los otros, la aburre. Siente que le quitan “su tiempo”.

El viernes por la mañana, Leticia llamó a Violeta por teléfono para invitarla para el próximo domingo a la misa de su parroquia, porque ese día iba a estar Juan, un hombre al que estaba viendo hacía ya algunas semanas, y pensó que ése era un buen lugar para presentárselo a su hermana “cerca de Dios”. Leticia se confundió una vez más, creyendo que podía contar con su hermana con un tema que al ser tan solitaria y tímida, le cuesta mucho: el trato con la gente, y más que nada con los hombres.

Pudo contarle pocos detalles sobre Juan, porque Violeta terminó la conversación a los cinco minutos de comenzada. Le contó que es un hombre misionero, que “da lo que no tiene” con tal de ver bien a la gente y que para ella el hecho de que sea un hombre que está cerca de Dios, ya es motivo suficiente como para saber que es una buena persona. Y además le gusta mucho.

Pero a Violeta le importó poco la vida de Juan. Alejada y hasta enojada con la iglesia, escuchar a la gente y más a su hermana hablar apasionadamente de religión, le revuelve el estómago y le saca lo más cínico de su persona. Y ese día, habló más de lo necesario.

Al escuchar a Leticia contarle con tanto fervor la relación que tiene con Juan e invitarla a misa como si fuera el lugar sagrado, no tuvo mejor idea que decirle: “Mirá Leticita…está muy bien que vos estés cerca de Dios y no se que ocho pitos más, y que encima este hombrecito sea un fiel devoto como vos. Pero si ustedes quieren creer en los santitos y en todas las pelotudeces de la iglesia, allá vos querida. A mí dejame tranquila con mi trabajo y mis cosas, ¿ok?”.

Ese viernes a la tarde, Leticia llenó su cartera de pañuelos descartables y como es su costumbre, tocó el portero de su psicóloga diez minutos antes de su horario.

Dos Balas

Una vez vestido, Facundo Argibay, tomó su revolver y anduvo unos pasos. Como no pudo seguir se recostó en un sillón, se quitó el abrigo y apretó el gatillo: dos tiros certeros a cada una de las copas que estaban sobre la mesa. Desde la otra punta se oyó: ¡pará loco, que casi me matás!
En ese momento pensó en su vida.
Había ido de puerto en puerto y también de puerta en puerta, cuando le tocó secuestrar a un malparido. Lo siguió durante un mes, al principio sigilosamente y después exponiéndose abiertamente ante los ojos de gente incrédula ante tanto horror. Luego de haberlo hecho desaparecer, Jorge “el grande”, sin mover un músculo de su cara de piedra, decidió que lo más conveniente era que él también desapareciera.
Su hijo lo increpó una vez, allá por los noventa, recriminándole ausencias y hasta olvidos programados. Su madre murió mientras él a la distancia se emborrachaba en un burdel, impulsado por la conciencia que le repetía su falta de nobleza.
Sólo Leticia sabía de sus penas, su amiga de la infancia que lo había apañado y contenido a lo largo de su vida. Esa petisa divina, fumadora empedernida, que cariñosamente lo aconsejaba mientras esgrimía argumentos en contra de “ese tipo, Jorge”.
Con diferente identidad, antes de instalarse en otra ciudad, visitó su puerto. Ya en la aduana sabían de él.
Su mujer no lo acompañó, aunque lo esperaba siempre. Él cumplía y de esa manera no lo molestaba.
-A ellos nunca les faltó nada- le dijo una noche a Jorge, en la cubierta de un barco, mientras tomaba por la cintura a Luci, una cubana que lo admiraba.
Cuando la policía estaba por desenmascarar a los sospechados de traficar drogas, el comisario se ocupó de su traslado al cuartel central de la calle Alcorta de la capital.
Durante un tiempo pudo peregrinar por lugares distintos y conocer a otra gente: personajes oscuros de miradas esquivas y vidas apagadas. Siempre bajo la mirada atenta de Jorge.
Su lealtad fue incondicional, como cuando el comisario principal y tres subalternos fueron denunciados por levantar jugadas clandestinas en un panteón del cementerio. Ahí se jugó entero como testigo falso para salvarlos.
Su último trabajo en el polvorín del ejército le facilitó algunas cosas. Allí supo del manejo de explosivos y se salvó de milagro, luego de ver morir a algunos de sus compañeros, en un hecho dramático que aún sigue siendo investigado.
Se encerró en sí mismo y trató de alejarse de todos.
La presencia de Jorge le resultaba insoportable, a pesar de que juntos, habían bebido hasta descomponerse la noche anterior.
Sin un motivo aparente había robado un arma y sólo Leticia lo conocía.

Un guiño ruidoso

Luisa de levanta y se arregla como todas las mañanas, aunque sabe que este puede ser un día diferente. Hace años que no lo hace: tomarse un día de franco. Quiere ir a Capital. Duda, con tantas obligaciones que tiene ya ni sabe si tiene derecho a pedirlo.
Cuando llega al trabajo, junta valor para hablarle a la "señora", que es más buena que el pan, pero justo hoy está difícil; muy difícil. Los chicos ya salieron para la escuela. En el escritorio está Don Pablo, siempre metido en sus cosas, trabajando en su PC, indiferente a su entorno. Pensaba aceptar el no de la patrona bajando la cabeza, cuando, inesperadamente, él, que nunca le decía más que un "buen día, Luisa", le hizo un guiño a su esposa y dijo: dejala.
Ya casi olvidó cómo hacer para llegar. Tal vez tome el colectivo hasta el Correo Central. Trata de recordar al pie de la letra todos los consejos de Don Pablo: lleve monedas, cuidado con el bolso, esté atenta y con las antenas bien paradas. No tome el tren, va a viajar como ganado.
Se pinta un poco antes y sale con el bolso y la cartera a tomar el 74. Pasado el mediodía camina por Avda. de Mayo y San José. Entra en un bar chiquito y hace memoria de años atrás. Pasa un vistazo a la gente, se sienta y pide algo caliente para beber. Va al baño, se lava las manos y vuelve a pintarse los labios. De reojo, se observa en el espejo, se acomoda la blusa dentro de la pollera y mira la cintura que ya no tiene; vuelve a su mesa. Enfrente, dos hombres juegan al truco. El gordo canoso la mira insistentemente, como si se la fuera a comer. Ruborizada, baja la mirada. Tardará en darse cuenta que le levantó su autoestima. De a ratitos, mira su bolso. Lo abre despacio y lo vuelve a cerrar. Tiene tiempo todavía de leer el diario que está sobre una de las mesas. Paga su cuenta, sale y aferrada a su bolso camina hacia Callao. La distrae una señora nerviosa que con un cigarrillo en la mano la choca, apurada, y le pide disculpas con un chiste. Cerca de Avda. Santa Fe, se le aparece un tipo raro, medio delirante, vestido con kimono y hablando cosas que nadie entiende. Se junta más gente a su alrededor y un patrullero se acerca para poner orden.
Hace mucho que camina y tanta gente, los bocinazos, la aturden un poco. Ensimismada, del bolsillo de su carterita toma un rosario y se pone a rezar un Avemaría por su primer patrona, la que la crió en el campo, en San Pedro. Lo guarda. También está ahí por ella, que era una santa. Abre el cierre del bolso marrón y saca la cacerola. Una más.