Don Pablo Maresca


Pablo Maresca. Programado. Todo en orden y chequeado: subnotebook, pen drive, celular. Su torso ancho y robusto, el cabello gris plateado y un andar durito y serio, dan lugar a que los sobrinos grandes lo llamen “Robocop”. Los más chicos a veces pronuncian un “Roboch” y la nena y su esposa, que tienen más confianza, el Caparazón de tortuga”. Las mujeres lo conocen bien: debajo de esa armadura, es un tierno. Últimamente está algo molesto con él mismo; con sus redondeces puede barrer las hojas del escritorio.

Alerta. Listo para salir al mundo. También tiene preparada la mirada acerada, la palabra justa para el chico de la boletería y el muchacho de seguridad. Guarda unas palabras bien filosas, como katana de samurai, para cuando lo toquen mal con una rueda de bici, o le pisen las zapatillas nuevas, le claven el codo, lo golpeen con una mochila; lo empujen y no le pidan disculpas y encima lo patoteen. Todo se pondrá muy difícil si, además, hay un accidente y se cancela el servicio; viajarán como ganado.

Robot o animal, pero solo hasta hoy. Ya tomó la decisión: a partir de mañana viajará en combie. Al menos, durante una hora, hasta bajar enfrente del Teatro Colón, se sentirá “un ser humano”.