Dos Balas

Una vez vestido, Facundo Argibay, tomó su revolver y anduvo unos pasos. Como no pudo seguir se recostó en un sillón, se quitó el abrigo y apretó el gatillo: dos tiros certeros a cada una de las copas que estaban sobre la mesa. Desde la otra punta se oyó: ¡pará loco, que casi me matás!
En ese momento pensó en su vida.
Había ido de puerto en puerto y también de puerta en puerta, cuando le tocó secuestrar a un malparido. Lo siguió durante un mes, al principio sigilosamente y después exponiéndose abiertamente ante los ojos de gente incrédula ante tanto horror. Luego de haberlo hecho desaparecer, Jorge “el grande”, sin mover un músculo de su cara de piedra, decidió que lo más conveniente era que él también desapareciera.
Su hijo lo increpó una vez, allá por los noventa, recriminándole ausencias y hasta olvidos programados. Su madre murió mientras él a la distancia se emborrachaba en un burdel, impulsado por la conciencia que le repetía su falta de nobleza.
Sólo Leticia sabía de sus penas, su amiga de la infancia que lo había apañado y contenido a lo largo de su vida. Esa petisa divina, fumadora empedernida, que cariñosamente lo aconsejaba mientras esgrimía argumentos en contra de “ese tipo, Jorge”.
Con diferente identidad, antes de instalarse en otra ciudad, visitó su puerto. Ya en la aduana sabían de él.
Su mujer no lo acompañó, aunque lo esperaba siempre. Él cumplía y de esa manera no lo molestaba.
-A ellos nunca les faltó nada- le dijo una noche a Jorge, en la cubierta de un barco, mientras tomaba por la cintura a Luci, una cubana que lo admiraba.
Cuando la policía estaba por desenmascarar a los sospechados de traficar drogas, el comisario se ocupó de su traslado al cuartel central de la calle Alcorta de la capital.
Durante un tiempo pudo peregrinar por lugares distintos y conocer a otra gente: personajes oscuros de miradas esquivas y vidas apagadas. Siempre bajo la mirada atenta de Jorge.
Su lealtad fue incondicional, como cuando el comisario principal y tres subalternos fueron denunciados por levantar jugadas clandestinas en un panteón del cementerio. Ahí se jugó entero como testigo falso para salvarlos.
Su último trabajo en el polvorín del ejército le facilitó algunas cosas. Allí supo del manejo de explosivos y se salvó de milagro, luego de ver morir a algunos de sus compañeros, en un hecho dramático que aún sigue siendo investigado.
Se encerró en sí mismo y trató de alejarse de todos.
La presencia de Jorge le resultaba insoportable, a pesar de que juntos, habían bebido hasta descomponerse la noche anterior.
Sin un motivo aparente había robado un arma y sólo Leticia lo conocía.