Dos hermanas, una historia...

“La odio”, dijo el viernes Leticia mientras agarraba de su cartera un pañuelo para limpiarse la sesión fuerte. Varios años de terapia no le alcanzaron ese viernes a Leticia, para entender que Violeta habla casi sin pensar, rozando la ironía, pero que no es contra ella. Violeta es una mujer temperamental, siempre ocupada con su trabajo y no es de las personas que le dedican mucha atención a los problemas o necesidades del otro. Ni a los de su propia hermana. De hecho, escuchar sobre la vida de los otros, la aburre. Siente que le quitan “su tiempo”.

El viernes por la mañana, Leticia llamó a Violeta por teléfono para invitarla para el próximo domingo a la misa de su parroquia, porque ese día iba a estar Juan, un hombre al que estaba viendo hacía ya algunas semanas, y pensó que ése era un buen lugar para presentárselo a su hermana “cerca de Dios”. Leticia se confundió una vez más, creyendo que podía contar con su hermana con un tema que al ser tan solitaria y tímida, le cuesta mucho: el trato con la gente, y más que nada con los hombres.

Pudo contarle pocos detalles sobre Juan, porque Violeta terminó la conversación a los cinco minutos de comenzada. Le contó que es un hombre misionero, que “da lo que no tiene” con tal de ver bien a la gente y que para ella el hecho de que sea un hombre que está cerca de Dios, ya es motivo suficiente como para saber que es una buena persona. Y además le gusta mucho.

Pero a Violeta le importó poco la vida de Juan. Alejada y hasta enojada con la iglesia, escuchar a la gente y más a su hermana hablar apasionadamente de religión, le revuelve el estómago y le saca lo más cínico de su persona. Y ese día, habló más de lo necesario.

Al escuchar a Leticia contarle con tanto fervor la relación que tiene con Juan e invitarla a misa como si fuera el lugar sagrado, no tuvo mejor idea que decirle: “Mirá Leticita…está muy bien que vos estés cerca de Dios y no se que ocho pitos más, y que encima este hombrecito sea un fiel devoto como vos. Pero si ustedes quieren creer en los santitos y en todas las pelotudeces de la iglesia, allá vos querida. A mí dejame tranquila con mi trabajo y mis cosas, ¿ok?”.

Ese viernes a la tarde, Leticia llenó su cartera de pañuelos descartables y como es su costumbre, tocó el portero de su psicóloga diez minutos antes de su horario.

2 comentarios:

Diego M dijo...

Que buen texto, Marian!
Ambas deben tener muy buenas razones para estar en una vereda y en otra. Cada familia es un mundo...
Me gusta ver como vas progresando con los textos!! :-)
Beso!

Mariana Kasner dijo...

Mi gran querido fan!!!!! Mi único fan!!!
Te quiero bombóm!!!!
Espero que andes bien y ojalá nos podamos ver pronto!!!

Gracias por tus comentarios alentadores sobre este nuevo camino tal lindo para mí: la escritura ;)
(que en cierta forma te lo debo a vos)
Marian!