Facundo Argibay tiene 58 años. Es alto y fornido y cuida mucho su aspecto. De chico lo llamaban “el loco” por treparse a paredones y techos de casas. Una vez, sujetando un paraguas saltó al vacío creyendo que podía volar.
Su padre había sido un hombre que lo mandoneaba permanentemente y que le buscaba trabajos. Ahora es guardaespaldas de un encumbrado sindicalista.
No le gusta que lo contradigan, aunque a veces cede, ante la presión del que lo manda. Eso sí, es leal y capaz de jugarse entero si la ocasión lo exige, auque si está en apuros se hecha atrás.
Sabe mentir, y hace de la mentira una profesión. Con distintos documentos de identidad circula por el país y en una oportunidad lo hizo por el exterior.
Frecuenta bares y prostíbulos, lugares en los que se siente cómodo porque son escuchadas sus hazañas y aventuras, mientras se toma unos tragos con ocasionales acompañantes.
Aprovecha su tiempo libre para ir al gimnasio y al café del barrio para jugar al truco.
Facundo no es muy amigo de las reuniones familiares. Siempre tiene una excusa a mano para no participar.
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