Cómodo en su sillón, Jorge esboza su estrategia

Cómodo en su sillón, Jorge esboza mentalmente el perfil de la innovadora estrategia que lo devolverá a la cima. Sobre la marcha, ya lo presiente, se verá en la tarea de ajustar las naves. Pero él es el Grande y podrá hacerlo. Explora y recorre todo el laberinto de sus últimos cuatro o cinco años; sonríe cuando imagina que tanto sus incursiones anteriores como sus nuevos planes, servirían para una excelente novela. Un día, alguien la escribirá. Por ahora, concluye, el objetivo es no exponerse, pero tampoco delegar el poder. Por eso los encuentros van a estar bien programados. Ya habló con Luisa. Está jodida la vieja. Sí, está muy envejecida desde entonces. Ya pensó en algunas frases para convencerla de que a veces no hay respuestas.. .

Jorge se lo dice con toda la ternura y emoción que escapa desde su histrionismo: puede seguir con sus oraciones, ir a la iglesia, hacer promesas, lo que quiera.¡ Pero que deje de ir a las marchas!. El pibe, quién sabe, quizás estuvo ese día en el lugar equivocado. Pero su muerte, no. No tuvo que ver con el trabajo que Jorge le destinaba. La justicia ya se expidió. Y por eso, ahora, él, que quiso tanto a ese chico, está allí junto a ella. Para que trate de empezar una vida nueva.

Luisa descascara sin consuelo su interior. ¡Escuchó tantas cosas! Percibió tantos gestos y miradas huidizas cuando contaba que el nene tenía un trabajo tan bien remunerado; cuando se le escapaba el orgullo de que trabajara para alguien tan importante. También oyó la alarma, ésa que sólo les suenan a las madres. Un aviso lúgubre con aureolas de miedo y desesperación en los ojos mansos de su hijo tan querido: por qué lo citaban a declarar. Robo de qué documentos y de qué evidencia. Cómo, violación de propiedad privada. ¿Su hijo?
Pero ahora vino Don Jorge.¡ Y la abrazó tan fuerte! Y le dio la escritura de una casa nueva, en un barrio nuevo, con vecinos nuevos. Y también un puesto de trabajo fijo, todo en blanco, para que no tenga que fregar más. Ahora verán ellos qué hacen con todas esas mentiras, ahora sabrán cómo Don Jorge apreciaba de verdad a su hijo. Tanto, que le ofrece toda esta ayuda a ella. A ella. Que ahora de nuevo no puede ver claro. Que casi palpa su corazón disfibrilado de interrogantes. Que lo único que puede es invocar a Dios. Dios, que sí sabe por qué pasan estas cosas. Dios que la está compensando, y ella que sigue pensando... ¡Dios, cuánto le cuesta demostrar su gratitud!