Se lo encuentra indefectiblemente todas las mañanas en el mismo bar. Es esa la forma tan particular de seguir en la vidriera, ya que ahora no hay cámaras, no hay periodistas. Hace como que lee los diarios, pero en realidad lo que pretende es observar a la gente; comprobar si alguien aún se acerca a saludarlo amistosamente. Muy bien el apodo: Jorge “El Grande”. Todos lo recuerdan de una u otra forma: la mayoría por su forma ostentosa de moverse y desplegarse en ademanes. Otros por ese hobbie tan especial de fundir el motor de un 0Km oficial cada semana. Quizás alguna señora por los presentes costosos que recibía. Ese joven por las limosnas, enmascaradas en un trabajito casual. Aquella madre, que deja traslucir la mirada de su hijo muerto, que por qué no guardó el secreto. Y… cada cosa, ya se sabe, tiene su costo. No es que vaya a rodearlo una ola de aprecio y afecto, precisamente.
Jorge “el Grande”. Tanto como todo lo que realizó en su gestión. No es sencillo, frente a él, perder la memoria. Ni los que se regodearon de sus bonanzas, ni los que sufrieron su persecución. Revolotean sobre él las acordes de sus devaneos políticos. Aún deja una estela de fragancia importada cuando se incorpora y despliega una humorada descolgada de toda situación. Todavía luce sus bufandas insólitas y sus anillos de oro. También porta, en su afán de sentirse siempre importante, el gran maletín que lo acompañaba en sus reuniones y “acuerdos” partidarios. O extra-partidarios. A través de su rostro de piedra y su cinismo, aparecen como un desfile, los rostros desvalidos de aquellos que nunca palpitarán la justicia.

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