Un día de trabajo distinto a otros

Sonó el despertador. Eran las cinco de la mañana. Todavía retumbaba en su cabeza el sonido de las cacerolas y los gritos. Gritos eufóricos. Luisa había vuelto tardísimo de la capital pero se sentía feliz. Pensaba que había aportado algo para su país en ese, su día franco.
Era una nueva jornada de trabajo y sabía que no podía, bajo ningún concepto, llegar tarde. La señora Violeta era su jefa más estricta. Luisa pensaba que no dormía porque siempre estaba levantada cuando ella llegaba, aunque fuera muy temprano.
Una vez en el departamento, Luisa abrió la puerta con la llave que la señora Violeta le había dado, no sin antes hacerle mil recomendaciones. El intenso olor a humo de cigarrillo le llenó los pulmones. Se dirigió a la cocina para ordenar y lavar aunque la señora casi no cenaba, bebía sí una copa de vino.
Luisa escuchó un ruido que venía del cuarto principal. No se atrevió a asomarse. La señora Violeta se irritaba fácilmente. Luisa creía que se debía al exceso de trabajo. Prácticamente no intercambiaban palabras. Luisa se limitó a limpiar vidrios y pisos con esmero, como era su costumbre. Desorden, casi no había, como en otras casas en las que trabajaba.
Pasaban los minutos y el silencio era total. Luisa comenzó a preocuparse. Se encomendó al Señor y se dirigió a la habitación. No golpeó la puerta. La abrió directamente sorprendida con su propia valentía. No midió las consecuencias.
Un porta retrato estaba destrozado en el piso. Su patrona estaba sentada en la cama, todavía en camisón, con la vista fija en un papel. Su cara estaba cubierta de lágrimas.