Luisa de levanta y se arregla como todas las mañanas, aunque sabe que este puede ser un día diferente. Hace años que no lo hace: tomarse un día de franco. Quiere ir a Capital. Duda, con tantas obligaciones que tiene ya ni sabe si tiene derecho a pedirlo.
Cuando llega al trabajo, junta valor para hablarle a la "señora", que es más buena que el pan, pero justo hoy está difícil; muy difícil. Los chicos ya salieron para la escuela. En el escritorio está Don Pablo, siempre metido en sus cosas, trabajando en su PC, indiferente a su entorno. Pensaba aceptar el no de la patrona bajando la cabeza, cuando, inesperadamente, él, que nunca le decía más que un "buen día, Luisa", le hizo un guiño a su esposa y dijo: dejala.
Ya casi olvidó cómo hacer para llegar. Tal vez tome el colectivo hasta el Correo Central. Trata de recordar al pie de la letra todos los consejos de Don Pablo: lleve monedas, cuidado con el bolso, esté atenta y con las antenas bien paradas. No tome el tren, va a viajar como ganado.
Se pinta un poco antes y sale con el bolso y la cartera a tomar el 74. Pasado el mediodía camina por Avda. de Mayo y San José. Entra en un bar chiquito y hace memoria de años atrás. Pasa un vistazo a la gente, se sienta y pide algo caliente para beber. Va al baño, se lava las manos y vuelve a pintarse los labios. De reojo, se observa en el espejo, se acomoda la blusa dentro de la pollera y mira la cintura que ya no tiene; vuelve a su mesa. Enfrente, dos hombres juegan al truco. El gordo canoso la mira insistentemente, como si se la fuera a comer. Ruborizada, baja la mirada. Tardará en darse cuenta que le levantó su autoestima. De a ratitos, mira su bolso. Lo abre despacio y lo vuelve a cerrar. Tiene tiempo todavía de leer el diario que está sobre una de las mesas. Paga su cuenta, sale y aferrada a su bolso camina hacia Callao. La distrae una señora nerviosa que con un cigarrillo en la mano la choca, apurada, y le pide disculpas con un chiste. Cerca de Avda. Santa Fe, se le aparece un tipo raro, medio delirante, vestido con kimono y hablando cosas que nadie entiende. Se junta más gente a su alrededor y un patrullero se acerca para poner orden.
Hace mucho que camina y tanta gente, los bocinazos, la aturden un poco. Ensimismada, del bolsillo de su carterita toma un rosario y se pone a rezar un Avemaría por su primer patrona, la que la crió en el campo, en San Pedro. Lo guarda. También está ahí por ella, que era una santa. Abre el cierre del bolso marrón y saca la cacerola. Una más.

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