Los oficiales volvieron a estallar en carcajadas. Todos menos uno, que no dejaba de mirarlo con fijeza. De hecho, no había sonreído ni una sola vez.. Opinaba que no existían los tontos. Al menos no entre los tipos de dos metros de alto, y dos de ancho, vestidos como un samurai de película clase B. Levantó la espada de madera que habían dejado sobre el escritorio y entonces sí sus labios se curvaron en una sonrisa viscosa. El chico había dejado de jugar al insensible y su rostro había empezado a mostrar, por primera vez, signos de preocupación. Cuando le dijo que el artefacto era lo suficientemente peligroso para considerarse un arma, y que tendrían que confiscarlo, esa preocupación se convirtió en alarma.
De esa forma le sacaron a Jesús las primeras palabras coherentes. Les dijo su nombre verdadero. Les confesó que daba clases de iaido, y que el bokken era su herramienta de trabajo. Agregó, con vehemencia, que no era peligrosa, pero no convenció a nadie. Sólo levantó la voz cuando intentó hacerles ver que el hakama negro que llevaba sobre el kimono del mismo color, era parte del uniforme de entrenamiento. Una especie de pantalón, les insistió, no un maldito vestido. Sólo cuando terminó de hablar se dio cuenta de que había alguien de pie detrás de él.
La chica era joven, y muy bonita. Lo miraba con una expresión confiada y asustada al mismo tiempo, y parecía incapaz de sacarle los ojos de encima. Sin saber por qué, como si aquella mirada azul fuera suficiente para transportarlo a un lugar lejos de toda aquella sordidez, se encontró sonriéndole.
La chica le devolvió la sonrisa. Se acomodó los anteojos de sol sobre la frente, despejando el rostro de varias hebras de pelo rubio y empezó a hablar. Hablaba con un tono grave y monótono, sin detenerse, casi sin respirar. Como si fuera lo único que supiera hacer, como si no fuera a detenerse nunca. Acompañaba su interminable monólogo (en el que se agolpaban las explicaciones de por qué había golpeando a ese hombre en la manifestación de caceroleros, las leyes de España y los derechos humanos), con amplios ademanes de sus brazos musculosos. Sus manos rozaron en más de una ocasión a Jesús, que continuaba mirándola, azorado. Ni siquiera le molestó cuando la chica (que dijo llamarse Lucía Barnie o algo así) comenzó a hablar casi para él, arrojándole el humo de un detestable cigarrillo mentolado a la cara.
Y finalmente había sido ella la que había logrado el milagro, estaba seguro. Aunque no sabía si la causa había sido su palabrería apasionada, su belleza, o su simpatía.. Pero ambos caminaban ahora bajo un sol que les parecía más brillante luego del encierro en esa oficina tan sucia y gris. Lucía seguía hablando, y Jesús miraba absorto los reflejos entre cobrizos y dorados que el sol arrancaba de su melena. Se detuvo y ella lo miró, sonriéndole otra vez. La sorpresa ante la pregunta de Jesús hizo vacilar su sonrisa, pero lo pensó un minuto (durante el cual se hizo un extraño silencio) y después le dijo, muy segura, que sí. De verdad le encantaría probarse un kimono.
Texto de Fernanda R.

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