Jesús

Le dicen “la geisha” y en el barrio todos se ríen de él. A sus espaldas, claro. Con un metro noventa y cinco, y ciento diez kilos de músculos, a nadie se le ocurriría gritarle el sobrenombre a la cara. Dice llamarse Jesús, aunque en realidad se parece a un dios nórdico: joven, fornido, de cabellos largos y rubios y enormes ojos celestes.
Pero las incongruencias no terminan ahí, en el nombre: La casa de Jesús tiene un jardín adelante y, con sólo las rejas de por medio, todo el mundo puede verlo cuando entrena como si fuera un extraño samurai desteñido. El muchacho es capaz de saltar y dar vueltas por el aire blandiendo una espada de madera (bokken, según explica Mariko, la única japonesa del barrio) como si su cuerpo no pesara más que una pluma. En general acompaña ese despliegue de destreza con unos chillidos capaces de helar la sangre de cualquiera. A veces las cosas van más lejos, y practica con una espada que brilla como si fuera real. Mariko jura que es una wakizashi verdadera, pero nadie quiere saber si es cierto. Y está, por supuesto, el asunto del kimono. Algunos días al año, Jesús se apaga. Se terminan sus piruetas, sus gritos, el continuo desenvainar y envainar su bokken. Esos días se pasea por el jardín, arrastrando sus pies descalzos, con el rostro pálido, y los ojos llenos de lágrimas. Se viste con un kimono simple y blanco (nagajuban, corrige siempre Mariko) o con uno colorido y de aspecto magnífico. De éste último se desprende su infame apodo, ya que Mariko ha revelado que es un homongi: un kimono de mujer.
Algunos dicen que ese atuendo perteneció a una antigua novia de Jesús; otros, que simplemente lo robó. Incluso hay algunos que afirman que el chico no es más que un rebuscado travesti, obsesionado con las culturas de Oriente.
Lo cierto es que en esos días del kimono, cuando Mariko pasa por la puerta de su casa, Jesús se cuelga de las rejas, mirándola como hipnotizado, y le habla en japonés hasta que la pierde de vista. Pero Mariko dice que nunca pudo entenderlo. Culpa del acento.


Texto de Fernanda R.