De repente, como si hubiese sido la primera vez que tenía problemas en su vida, sintió que el mundo se le venía abajo. Tuvo la sensación de no poder sostenerse ella y menos, de poder sostener a quienes más quiere, a quienes la quieren a ella. Las personas de verdad. No las de mentira…
Lucía tiene apenas veinticinco años, pero sabe que la vida es una gran paleta de colores. Que todo lo que empieza, ya sean las cosas buenas o las malas, también terminan.
Pero ese jueves, llegó a su casa y se encontró con varios problemas: vidrios rotos, muebles tirados en el piso, las […] .. Sintió que era el comienzo del fín.
Desesperada, gritó el nombre de su madre pero no tuvo respuesta. Recordó que ese día, Susana su mamá, tenía desde temprano muchas actividades fuera de su casa, por lo cual sintió un gran alivio al darse cuenta de que no había presenciado el momento en que se produjo tal caos en su casa. Y respiró, se relajó.
Recorrió la casa, entró a cada uno de los cuartos, hasta la buhardilla donde nadie entraba hacía ya mucho tiempo pero no encontró nada. Solo cosas rotas, como una imagen muy triste de algo que hasta ayer, había sido su hogar, su nido, su lugar donde la madre la abrazaba, la cuidaba, la protegía y hoy solo era un espacio lleno de escombros. Recordó guerras, atentados, y comenzó a llorar.
Lucía es una chica fuerte, con una energía arrolladora y buen ánimo.
Esa tarde, por su cabeza pasaron imágenes feas, tristes y desoladoras. Se sintió sola y se recostó en el piso frío de la cocina. Recordó el piso, sus colores, su temperatura siempre fría y las largas siestas que disfrutaba sobre dos sillas cuando llegaba del colegio cansada mientras su mamá cocinaba la cena. Con tal de sentirla cerca, de sentir sus movimientos, los ruidos de los utensillos de cocina, la voz de su madre decir parte de alguna receta, como quien recita parte de un poema. Así, Lucía se quedaba dormida entre los olores de la cocina, acurrucada en las sillas.
Con esos recuerdos, logró tomar fuerzas y se levantó en busca de alguna respuesta, de alguna solución. Salió a la calle. Esa calle tranquila, donde pasan pocos autos y no más de dos líneas de colectivos. Esa calle en aquel barrio, donde todos se conocen, donde todos se saludan aunque no se quieran. Donde las familias viven desde hace años en las mismas casas y los autos son los mismos que varios años atrás. Pero no vio nada raro. Sonia, su vecina de enfrente, arreglaba su jardín como era su costumbre y solo levantó la vista para saludarla. No reconoció ningún signo de que hubiera pasado algo raro.
Se sintió mareada, confundida. Sintió miedo. Miedo de quedar sola, de perder a su familia, su gente: lo que más quiere. Era pánico. Ya no era miedo. No logró calmarse y comenzó a imaginar cosas horribles: muertes, desesperación… Se encontró envuelta en un miedo sofocante que la hizo comenzar a temblar. Tembló y sintió su cuerpo parte de un terremoto. Tembló y creyó caerse de a pedazos al piso. Pensó que todo aquello podía ser producto de su imaginación por la falta de sueño que tenía acumulada. Lucía llevaba dos noches sin dormir, presa de pesadillas. Comenzó a transpirar. Era una transpiración fría, húmeda. Como pudo, entró a su casa. Se tambaleó, pisó sin fuerzas. Sintió su cuerpo flojo. Comenzó a subir la escalera que llega al hall del segundo piso. Se agarró de la baranda, de las paredes. Se chocó con puertas que conocía perfectamente, con algunos de los muebles que no habían sido tirados al piso, ni rotos. Llena de miedo, temblor, transpiración, entró al baño. Le costó llegar. Abrió cada puerta del placard, cada caja que vio, tiró toallas al piso, revolvió cajones, hasta que por fin, encontró el frasco de tranquilizantes que su madre guardaba siempre en el botiquín. Lo abrió y con desesperación, se metió cinco pastillas en la boca. Tomó un vaso de agua. Se arrastró a su habitación y como pudo, se recostó en su cama para intentar tranquilizarse y esperar la llegada de su mamá.
Cinco pastillas, cinco de la tarde, cinco minutos antes de que llegue la madre. Quizá, un poco tarde…
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3 comentarios:
ay!
muy bueno!
Saludos!! El pasado nos visita.
www.jorgesolana.blogspot.com
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