Odio. Ella lo dijo con claridad, quizá con un poco de miedo. Una burda repetición que se me ha clavado en las sienes. Porqué ha tenido que usar esa expresión: odio... te odio. Al fin y al cabo compartimos sangre. Eso debería ser suficiente para erradicar el vocablo en nuestra interacción. Su excusa: no la acompañé a misa con un tal... Jorge, Juan, Pedro (¿?). En fin, un hombre entregado a esas virtudes. ¡Ñoñerías de medio siglo! Debería agradecerme por ser honesta y congruente. ¡Por todos los demonios, soy una adulta! Qué le hace pensar que tengo que darle explicaciones sobre mis actos. Si me visto de jeans, cuando todos visten de saco; si me corto el cabello como hombre cuando están de moda las trenzas; si me siento a leer en lugar de salir a combatir la paz mundial. ¡Hábrase visto semejante ironía! Acaso le digo algo sobre esa bata repulsiva; o sobre su insólita vida amorosa, carente de toda sorpresa; o sobre su tendencia desbordada a correr. A esa mujer nunca la he visto caminar. Pareciera que está en continua competencai con el tiempo. Pobre, no le va a ganar.
Al menos ambas sabemos compartir un buen tabaco. Ella tiene la pose de filme antiguo. Sentada o de pie, le sale mejor de pie, con los brazos extrañamente entrelazados y el codo sobre el abdomen. El look misterioso. Se echa a perder cuando viene a contarme sobre el mate del domingo con Javier... Jorge... Juan o quién sé yo. Ella es la mayor. Ella es la de las expectativas. No lo ha visto aún, pero ella presionó para que hallará mi vocación. A diferencia de lo que cree mi vida no sólo se compone de hombres, café y cigarrillos. También está el vino, la soledad, la lectura. Soy indómita; carcelera; soñadora. ¡Y qué!

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